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    hab�a vuelto loco. Sus ojos centelleaban con un brillo demencial a la luz de la luna, y de sus labios ca�a
    espuma. El hombre se abalanzó sobre Conan agitando una cimitarra en el aire, al tiempo que gritaba:
    -�Vuelve al infierno, maldito demonio!
    El primitivo instinto de conservación del cimmerio le hizo entrar en acción sin pensarlo.
    Cuando el hombre estuvo cerca, Conan desenvainó la espada. El acero chocó contra el acero una y
    otra vez, haciendo saltar chispas. Cuando el estigio se dispuso a asestarle otro golpe m�s, Conan le
    atravesó la garganta con la punta de la espada. El hombre enloquecido emitió un gorgoteo, se
    tambaleó y cayó al suelo.
    Conan se apoyó sobre la montura de la yegua jadeando. El duelo hab�a sido breve pero feroz, porque
    el estigio vio duplicadas sus fuerzas por la enajenación que le dominaba.
    Ya no se o�a ning�n grito de horror desde el interior de la fortaleza. Sólo reinaba un silencio
    inquietante. Entonces Conan oyó unas pisadas lentas, pesadas, como de pies que se arrastraban por el
    suelo. �Acaso el monstruo hab�a matado ya a todos los estigios? �Estar�a avanzando hacia la puerta
    para salir al patio?
    Conan no esperó para averiguarlo. Con dedos temblorosos desató la cota de malla del hombre muerto
    y se la quitó. Tambi�n cogió el casco y el escudo del estigio, este �ltimo confeccionado con la piel de
    uno de los enormes animales de la sabana. Ató apresuradamente estos trofeos a la silla de montar,
    saltó sobre el corcel y, tras empu ar las riendas, hundió las espuelas en las costillas de la yegua. Salió
    al galope del derruido patio de la ciudadela y se encontró en la zona de las hierbas ralas y resecas. Cada
    paso del caballo le alejaba del antiguo castillo maldito.
    En alg�n lugar, m�s all� del c�rculo de vegetación muerta, quiz� seguir�an merodeando los leones.
    Pero a Conan no le importaba demasiado. Despu�s del horror de la ciudadela negra, no le
    impresionaba una simple manada de leones.
    Un hocico en la oscuridad
    Prosiguiendo su viaje hacia el norte, ahora mucho m�s r�pidamente gracias al caballo, Conan llega
    finalmente al reino semicivilizado de Kush. �ste es el territorio que se designa propiamente con el
    nombre de Kush, si bien Conan, al igual que muchas otras gentes del norte, suele usar el t�rmino para
    designar cualquier pa�s de negros situado al sur de los desiertos de Estigia. En esta región no tarda en
    present�rsele una oportunidad de realizar sus habituales proezas con las armas.
    1. La cosa de la oscuridad
    Amboola de Kush se despertó con los sentidos todav�a embotados por el vino que hab�a bebido
    durante el fest�n de la noche anterior. Al principio no pod�a recordar dónde se encontraba. La luz de la
    luna atravesaba la peque a ventana de barrotes situada en lo alto de la pared, alumbrando un lugar que
    no reconoc�a. Luego recordó que se hallaba en una celda de la parte superior de la prisión en la que lo
    hab�a hecho encerrar la reina Tananda.
    Supuso que le hab�an puesto alg�n narcótico en la bebida. Mientras se hallaba indefenso, apenas
    consciente, dos negros gigantescos pertenecientes a la guardia de la reina le hab�an cogido a �l y al
    pr�ncipe Aahmes, el primo de la reina, y los arrojaron a las celdas. Lo �ltimo que recordaba eran las
    escuetas palabras de la reina, cortantes como un latigazo: �De modo que vosotros, viles traidores,
    hab�ais conspirado para destronarme, �verdad? �Ya ver�is lo que les ocurre a los villanos!�.
    Al intentar hacer un movimiento, el corpulento negro llamado Amboola se dio cuenta, por el sonido
    met�lico, que ten�a grilletes en las mu ecas y en los tobillos, y que �stos estaban sujetos por cadenas a
    unas recias argollas que hab�a en la pared. Aguzó los ojos para tratar de ver algo en la f�tida oscuridad
    que le rodeaba. Al menos -pensó- se hallaba con vida. Y es que hasta la reina Tananda ten�a que
    pensarlo dos veces antes de dar muerte al comandante de los Lanceros Negros -la columna vertebral
    del ej�rcito de Kush-, pues era el h�roe de las clases populares del reino.
    Lo que m�s le hab�a extra ado a Amboola era la acusación de haber conspirado junto con Aahmes. A
    decir verdad, �l y el pr�ncipe eran buenos amigos. Hab�an cazado, bebido y jugado a las cartas juntos, y
    en tales ocasiones Aahmes se hab�a quejado ante Amboola de la reina, cuya crueldad y astucia eran tan
    evidentes como deseable su hermoso y bronceado cuerpo. Pero en ning�n momento llegaron a
    conspirar. Aahmes no era en modo alguno la persona indicada para llevar a cabo una conjura, pues se [ Pobierz całość w formacie PDF ]
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